Después del anochecer Excerpt En el momento perfecto, Reading order: 2


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CAPÍTULO 1

AUNQUE ERA tarde, algo más de las siete, paré en el mercado local para comprar comida de vuelta al rancho. Quería sorprender a Rand cuando llegara a casa, esperándole con la cena preparada. Le había dicho que tendría que quedarme hasta tarde para una reunión del departamento, pero la cancelaron, y en lugar de irme de copas con los demás me marché. Incluso después de dos años, me emocionaba la idea de ir a casa para estar allí cuando el hombre al que amo llegase al terminar el día.

Así que, como había decidido cocinar, tuve que parar a comprar suministros y, cuando me disponía a pagar, la señora Rawley, la dueña de la tienda, salió de la parte trasera para saludarme. Fue muy amable por su parte hacer tal esfuerzo.

En la pequeña comunidad de Winston, donde estaba su tienda, la gente se dividía entre aquellos a los que no le importaba lo más mínimo que yo fuera gay y viviera con mi novio, el ganadero Rand Holloway, dueño del rancho Diamante Rojo, y aquellos que estaban totalmente en contra. Y a pesar de que los que susurraban cuando yo pasaba a su lado, murmuraban o me insultaban en cuanto les daba la espalda, eran minoría, aún quedaban demasiados en la zona, para hacerme consciente de dónde había elegido establecer mi negocio y gastar mi dinero.

Después de tanto tiempo ya sabía dónde sería aceptado y dónde no, pero de vez en cuando la gente seguía sorprendiéndome. Lo estupendo era que, más a menudo de lo esperado, alguien que pensaba que solo estaba esperando para decir algo odioso o mordaz, en realidad buscaba simplemente la oportunidad de ofrecer un cálido apretón de manos o una sonrisa.

—¿Puedo decirle a Parker que te lleve eso al coche, Stef? —ofreció la señora Rawley.

—Le iba a preguntar —dijo Donna, claramente exasperada—. Por todos los demonios mamá, no me crié en un establo.

Me divertía con la interacción entre madre e hija, que era en su gran mayoría exasperada y sarcástica.

—Estoy bien —le dije a la señora Rawley—. Sé amable con tu hija.

—Gracias —espetó Donna.

—Respeta a tu madre —dije, cargando con las bolsas.

—Lo que él ha dicho —le soltó a su hija de dieciocho años cuando me marché mientras sonaban las campanas de la puerta delantera.

Cuando me dirigía a mi vistoso Mini Cooper rojo y negro, vi un coche de policía aparcado junto a mí y el todoterreno que me había bloqueado.

—¿De veras? —les dije a los ayudantes del sheriff que estaban en el coche. Era imposible que no notasen el tono irritado que imprimí a la pregunta.

Ambos salieron del coche sonriéndome, y me di cuenta de que uno de los ayudantes, Owen Walker, tenía una taza en la mano. Se movió rápido por delante del coche, y cuando llegué a su lado, pude oler el té de chai mientras me lo ofrecía.

—Vamos, Stef, sabes que esto no es asunto nuestro.

Cogí la taza humeante y él agarró las bolsas con comestibles y miró dentro.

—¿Qué vas a preparar?—me preguntó.

—Solo unas chuletas empanadas y ensalada, ayudante.

Miró hacia mí.

—Eso suena bien, y llámame simplemente Owen, ¿vale?

—Claro. —Asentí, sonriéndole.

—Hay vino aquí también.

—Y vino —reí entre dientes—. No puede haber una buena comida sin vino.

—Supongo.

Le sonreí.

—Si no fuera tan tarde os habría invitado a ti y a tu familia a venir.

—Quizá te apetezca invitarnos otro día —dijo, con los ojos fijos en mí de repente.

No estaba seguro de que lo estuviera diciendo en serio. Parecía que sí, pero decidí probarle.

—Quizá podríamos hacer una barbacoa algún sábado si quieres. Los niños podrían ver los caballos.

—Definitivamente eso les encantaría, y mi mujer se muere por ver cómo funciona la casa con los molinos de viento y los paneles solares que habéis instalado. Quiere que nos volvamos ecologistas también.

—De acuerdo entonces, os llamaré.

—Hazlo. —Asintió mientras me tendía una mano, moviendo los dedos.

—¿Qué?

—Dame las malditas llaves para que pueda poner eso en el maletero por ti.

—Puedo ponerlo yo…

—Tan solo dámelas —gruñó, cogiéndolas de mi mano.

—Esto es acoso —le dije.

Me hizo un corte de mangas.

—Deja de gritarle —me ordenó el segundo ayudante, McKenna James, alias «llámame Jimmy».

Me giré para mirarle, y él se echó el sombrero hacia atrás.

—¿Es verdad?

—¿El qué? —dije bostezando, contento de que fuera viernes, listo para sentarme a vegetar y no hacer nada durante mi largo fin de semana de octubre, de tres días. El lunes era el Día de la Hispanidad, así que lo tenía libre. No significaba que mi vaquero fuese a librar el día de fiesta, pero al menos se tomaría la tarde libre para pasarla conmigo.

—¿De verdad que Rand va a construir un colegio en Hillman?

Mis ojos se humedecieron al restregármelos un minuto antes de que me girase y me centrara en el ayudante McKenna.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Todos tus hombres lo saben, Stef, y la mayoría de ellos tienen mujeres e hijos. ¿Cuánto tiempo pensaste que iba a pasar hasta que la ciudad entera lo supiera?

Dejé escapar el aliento antes de tomar un sorbo de mi chai con leche.

—¿Por qué huele eso tan raro? —me preguntó el ayudante del sheriff Walker de repente, haciendo que le prestara atención, mientras me entregaba las llaves.

—Es té chai —le dije—. Tú lo pediste. ¿Cómo pudiste pedirlo si no sabías lo que era?

—Yo no lo pedí. Fui y les dije «Dadme lo que Stefan bebe», y la chica, como se llame, la del pelo despeinado…

—Son rastas, ayudante.

—Owen.

—Son rastas, Owen.

—Lo que sea. Ella me sonríe como si le hubiera alegrado el día, se pone manos a la obra, y cinco dólares y veinte centavos después, estoy llevando algo que huele a canela y clavo y algo más.

—Chicos, ¿cómo sabíais que iba a parar en la ciudad en vez de irme a casa directamente?

—Lyle está en la carretera, acampado detrás de la señal de “Bienvenido a Winston”, y te vio pasar con el coche y dirigirte a la ciudad.

Asentí.

—¿Cómo está Lyle?

—Está bien. Él y Cindy van a tener otro hijo.

Mis cejas se enarcaron.

—¿De veras?

Él gruñó.

—¿No lo sabías? Es el quinto que van a tener él y mi hermanita. Le dije que deberían empezar a jugar a los bolos para tener alguna actividad más que puedan hacer juntos.

No pude reprimir una risita.

—Pensé que mi madre iba a explotar.

—Apuesto a que sí.

—Creo que al sheriff le gustaría hablar contigo —interrumpió Jimmy—. Por eso estamos aquí esperándote.

—Así es —dijo Owen estando de acuerdo—. Y volviendo al café 
—comenzó a decir, y Jimmy puso los ojos en blanco—. De verdad no entiendo por qué le gusta tanto a todo el mundo ese sitio nuevo. Mi mujer quiere vivir allí, mi hija para allí cada tarde después del colegio, y siempre hay cola.

La nueva cafetería/panadería/tienda de sándwiches que se había construido hacía cuatro meses entre el hostal y el centro de mayores había sido, para mí, una bendición. Cada mañana me aseguraba de parar cuando salía de la ciudad para comprar mi té chai con leche y un bollito casero de arándanos. Me veían llegar y me preparaban mi bebida, las cuatro personas que trabajaban allí me reconocían nada más verme. Era estupendo.

—Sabían lo que querías cuando les dije tu nombre —me dijo Owen.

—No hay muchos bebedores de té chai en esta ciudad —le aseguré.

—Supongo que no.

Señalé el todoterreno que me bloqueaba con la cabeza.

—¿Dónde está el grandullón?

—El sheriff está recogiendo sus pósters para la campaña en la tienda de Sue Lynn.

—¿Por qué? —les pregunté—. Nadie va a hacer campaña contra él. ¿Por qué necesita pósters de campaña?

—Supongo que le gusta ver su cara en tamaño grande —dijo él, gesticulando, enseñándome cómo de gigantesca sería la cabeza del sheriff en los carteles—. Joder, ahí va el dinero de tus impuestos, Stef.

Me reí y comprobé que estaban realmente relajados en mi presencia.

—Escuche, ayudante McKenna…

—Jimmy —me corrigió como siempre hacía.

—Jimmy —suspiré—. ¿Por qué os preocupa que Rand vaya a construir un colegio? ¿De qué manera os afecta?

—Simplemente me parece gracioso que lo construya en Hillman en vez de en su propia ciudad, eso es todo.

Dirigí mi mirada hacia él.

—Le dieron una patada en cada comité de esta ciudad, y además los límites de su propiedad se recalificaron de manera que el Diamante Rojo no pertenece ya a Winston sino a Hillman.

—Sí, yo…

—Así que tu pregunta no tiene sentido, ya que Rand está en realidad construyendo en la ciudad a la que pertenece el rancho Diamante Rojo.

Sus ojos se entrecerraron.

—Últimamente Rand ha estado haciendo muchas donaciones y cambios para Hillman. ¿Sabías algo de eso?

—Sabes que lo sé —dije, tomando otro sorbo de mi té.

Él se aclaró la garganta.

—He oído que el nuevo colegio va a ser una escuela concertada[1] subvencionada, pero no estoy muy seguro de lo que es.

—Significa que pueden escoger el currículo y…

—¿El qué?

—El currículo es lo que has aprendido, idiota —le espetó Owen—. Continúa Stef.

No pude controlar mi sonrisa.


[1] En el original Charter school, en EE.UU escuela independiente financiada con fondos públicos fundada por maestros, padres o grupos de la comunidad, bajo los términos de un convenio con una autoridad local o nacional.

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Dreamspinner Press Dreamspinner Press

Digital

$5.99

Dreamspinner Press

Book Details
  • 2nd edition
  • Release Date: October, 29 2019
  • ISBN: 978-1-64405-559-5
  • Cover Artist: Reese Dante
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